Los descontentos abandonan a Piñera
Los datos de la reciente encuesta CEP muestran a un Piñera en declive, cayendo a lo que históricamente ha logrado la derecha en las urnas, un tercio del electorado.
La irrupción de Marco ha sincerado las cifras de la derecha, que hasta ahora había capitalizado el voto descontento con el sistema. Un sistema parlamentario, por lo demás, creado por la dictadura, y aceptado por la concertación, que ha ido acostumbrándose viciosamente a él. El binominalismo irrita a la ciudadanía (aunque casi nadie entienda en detalle cómo opera) porque los porcentajes de opinión que hay en la calle no se trasladan al parlamento. No se escucha ni se representa a las minorías, y será imposible mientras se elijan sólo dos cargos por circunscripción. Y finalmente la mayoría, es decir los gobiernos de la democracia, debe pactar permanentemente con una derecha que con menos votos logra empatar parlamentarios gracias a diversas argucias.
Este sistema, además, corrompe el alma de los políticos, que saben que es en las cúpulas donde encuentran pega, no en las urnas. Si uno no pertenece a uno de los dos grandes conglomerados es inútil candidatearse. Son vicios que hacen del sistema electoral chileno una rareza en el mundo.
La estrategia de desgaste de la oposición ha sido esperar que el binominalismo haga lo suyo. Primeramente, se han empeñado en hundir la marca “concertación” asociándola a todo tipo de corruptelas e ineptitudes; enfangar la labor de los políticos, hundiendo su imagen; y finalmente, esperar a que los descontentos con el sistema culpen de sus fallas al gobierno para adjudicarse esos votos.
Iban muy bien en esto hasta que llegó Enríquez-Ominami, que en pocas semanas se hizo de ese 15% de descontentos. Y Piñera se está quedando con lo suyo, los votos de la gente conservadora, de los que le creen a las grandes empresas, el voto de la derecha chilena de toda la vida, la del pinochetismo, la del neoliberalismo, que es más o menos un tercio. La oposición ve hoy con angustia que su estrategia de casi diez años parece haberse ido al traste.
Frei ha hecho un buen trabajo, sin estridencias, con tranquilidad. También el gobierno y la presidenta han mostrado que más allá de las realidades virtuales pauteadas por la prensa (que en nuestro país no es ya binominal sino monominal), la gente confía en ellos. Si Marco se desinflara, si no lograra inscribir su candidatura, esos votos volverían, quizá, a Piñera. Pero Marco no ha encontrado aún su techo.
La lección es que los chilenos parecen no querer un gobierno de derecha. Quieren un gobierno sólido, como los de la concertación, con valores de solidaridad e inclusión. Pero al mismo tiempo reclaman un gobierno moderno, transparente, sin lenguajes retorcidos ni miradas raras ni levantadas de cejas entre unos pocos. Sin cupos, sin monopolios, abierto a la diversidad. En Chile la mayoría tiene el deber de gobernar (sin estar pidiéndole permiso a la derecha a cada rato), y las minorías tienen derecho a estar presentes en el mapa político. Dos características naturales de la democracia que no operan en el anormal sistema chileno.
Los partidos de la concertación respiran con demasiada naturalidad el aire viciado de la dictadura que se incrustó en el sistema electoral. Deben tomar nota de que los ciudadanos les están pasando un aviso. Si quieren seguir gobernando deben hacer gestos contundentes, cambios duros que signifiquen apertura y diversidad.





